lunes, 20 de marzo de 2017

Madurar.es

Dije que no iba a volver a escribir pero necesito salir de mi, me estoy asfixiando en el saber, y el esfuerzo de aprender a ser a veces me pide ligereza de espíritu y formas.

Egos y vanidades, fantasías y temores, todo lo que vuelco podría ahorrarlo en tiempo y ganaría alegría. Tengo mis días, como todo el mundo, y veo resignación y fortaleza en cada existencia, siempre queriendo ser mayor, y cuando lo somos, todos valoramos al niño que llevamos dentro, lo buscamos, nos lo piden, parece la piedra filosofal de la madurez, conservar ese famoso niño que desapareció la mayoría de las veces sin pena ni gloria, y rescatarlo de un pasado irrepetible, imposible.

Madurar significa perder la inocencia, la capacidad de sorpresa, la mirada vacía de experiencias y limpia de conciencia, los adultos sabemos mucho de cómo se va perdiendo ese poder de vida, la fuerza motora del descubrimiento.

La madurez conlleva otras miradas, más pausadas, el conocimiento que dan las vivencias relaja, evita desgastes innecesarios, saber reconocer la calidad del momento y aprovecharla con la máxima eficiencia sólo se desarrolla cuando vamos perdiendo energía vital, cuando vamos acumulando historias que llenan nuestra existencia y ofrecen una consciencia realista y adaptable a una realidad inmutable de la que vamos comprendiendo que tan sólo somos meros expectadores, dependientes de un reloj que siempre suma tiempo de vida, nada ni nadie en este planeta está a salvo de los ritmos cíclicos e imparables del movimiento.

De esta manera, después del invierno llega siempre la primavera, la muerte sirve de abono para la energía abundante que el renacer necesita, andar y parar, echarse y levantarse, todo sigue una sucesión, nada puede quedar quieto por tiempo indefninido, para que nazca algo nuevo tiene que morir lo anterior, así el invierno desaparece y la primavera se crea, todo florece, el agua corre deprisa, desbordante en exceso, y poco a poco el sol aparece y quema sus impresionantes colores con la saturación de sus rayos; muere de esta manera la primavera y la naturaleza entera se recupera, el río se recoge en su cauce y el reino animal se echa la siesta más que por gana, por galbana. Podría seguir con la caída del sol, el ocaso del verano y por tanto el nacimiento del otoño, pero me recuerda al Pirineo, que tanto amé y ya no veo, no queda deseo.

Nos movemos en un mundo tan cambiante que es difícil mantener el equilibrio, navegar por las mareas y tormentas de la vida como expertos marineros, requiere una formación e información con las que no nacemos.
Ahora pensamos mucho. Hemos ido ganando terreno a nuestros competidores naturales hasta volverlos artificiales.
Siempre hemos vivido sin pensar en el futuro, procedemos de aquellas y aquellos que luchaban contra animales salvajes y se unían en comunidades por la supervivencia; nuestro instinto animal nos ha acompañado desde más allá de lo racional, esa es nuestra herencia.


Ahora que hemos aprendido a ser pensamiento y razón, cazamos por ocio, y nos relacionamos por conveniencia y placer. Aparentamos lo que no somos y mostramos lo que poseemos con orgullo y vanidad. El individuo importa más que la comunidad y preferimos una vida llena de confort dando la espalda al necesitado criticando su desgracia.
Y las mujeres se vuelven hombres y los hombres, mujeres.
Y los niños aprenden el mundo a través de la profesora y una pantalla, bien digital, o de libro.


Somos seres duales, extremos, contradictorios, desconocidos, sin saberlo todo de todo, nos falta información para ser perfectos ;) y ante tantas dudas, más vidas.

La madurez templa, hace olvidar lo que creímos como verdad absoluta, nos aporta el conocimiento de la relatividad a todos los niveles.

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